La carrera que todavía no sé qué vino a enseñarme
Entrené durante meses para mejorar mi tiempo en mi segunda media maratón. Hice el trabajo, me sentía preparada y aun así, el día de la carrera, nada terminó como lo había imaginado.
Diez meses atrás corrí mi primera media maratón con un objetivo bastante sencillo:
saber si podía hacerlo.
No buscaba un tiempo. No tenía un pace perfecto que perseguir. No necesitaba demostrarme mucho más que una cosa: que podía correr 21 kilómetros. Y pude.
Esta vez era diferente.

Para mi segunda media maratón sí tenía una meta. Quería mejorar mi tiempo.
Puedes llamarlo ego, competitividad o simplemente ganas de comprobar que todo el trabajo de los últimos diez meses había servido para algo. Yo lo llamaba progreso.
Porque había entrenado para eso. Tenía mejor resistencia. Mejor condición física. Había trabajado mi alimentación. Había sido disciplinada. Había corrido cuando tocaba correr, descansado cuando tocaba descansar y organizado muchas veces mi vida alrededor de mis entrenamientos. Y, sobre todo, había descubierto algo que nunca esperé cuando empecé: me encanta correr.
Empecé a correr en uno de mis tantos intentos por ponerme fit, comer mejor, bajar de peso y verme como quería. Intento número 4,587,266, más o menos. El problema era que ya conocía la historia. Empiezas motivada. Entrenas. Comes bien. Esperas resultados. Los resultados no llegan tan rápido como quisieras, sostenerlo empieza a hacerse difícil y, poco a poco, abandonas.
Así que esta vez decidí hacer algo diferente. Necesitaba una meta que no dependiera de lo que dijera la balanza ni de lo que viera en el espejo. Y me inscribí en una media maratón.
Nunca había corrido 21 kilómetros. Ni siquiera sabía si podía hacerlo. Pero ya había pagado la inscripción. Ya se lo había contado a todo el mundo. Así que ahora tenía un pequeño problema: tenía que correrla.
Y para correrla tenía que entrenar. Entonces, aunque los cambios físicos no llegaran tan rápido, seguía corriendo. Seguía yendo a CrossFit. Seguía entrenando.
Porque por primera vez la recompensa no era verme diferente.
Era conseguir hacer algo que todavía no sabía si mi cuerpo era capaz de hacer.
Y en algún punto de esos meses ocurrió algo que no estaba buscando.
Dejé de entrenar solamente para cambiar mi cuerpo y empecé a querer descubrir qué podía hacer con él. Y así corrí mi primera media hace 10 meses atrás.
Mi día favorito de la semana se convirtió en el día de fondo. Lo espero con ganas. Me emociona. Porque cada fondo es una pequeña prueba: hasta dónde puedo llegar, cuánto he mejorado, cuánto más puedo hacer que hace unas semanas.
Correr terminó dándome exactamente lo que estaba buscando sin saberlo.
Un espacio donde retarme.
Una razón para dejar de procrastinar.
Disciplina.
Constancia.
Y una meta que no desaparecía porque esa semana la balanza no se hubiera movido.
La primera media maratón consiguió exactamente lo que necesitaba. Hizo que esta vez no abandonara.
Y diez meses después ya no estaba en la línea de salida preguntándome si sería capaz de correr 21 kilómetros. Esta vez sabía que podía. Lo que quería descubrir era cuánto había mejorado.
Yo estaba lista

Los días anteriores estaba insoportable. Pregúntenle a mi esposo. A Sophia. No había otro tema de conversación.
Estaba demasiado emocionada.
Pero no era solamente emoción.
Me sentía preparada.
Sentía genuinamente que había hecho todo lo que estaba en mis manos para conseguir mi objetivo. Y durante los primeros doce kilómetros, todo parecía confirmarlo. Iba exactamente como habíamos planeado. Controlada. A mi ritmo.
Sin necesidad de apretar antes de tiempo. Porque para mí la verdadera carrera empezaba en el kilómetro 15. Hasta allí tenía que conservar. Después vendría el momento de acelerar.
Con el pace que llevaba, mi meta mínima de bajar de 2hrs 57min a mínimo 2hrs 30 min estaba a mi alcance. Y después del 15 pensaba apretar un poco más, y al final, darlo todo. Ese era el plan.
Pero hay días en los que el cuerpo decide otra cosa

No voy a convertir esto en un análisis de todo lo que salió mal. Fue una serie de circunstancias desafortunadas que terminaron provocando los calambres más severos que he sentido en mi vida.
Primero fueron manejables.
Entre el kilómetro 13 y casi el 17 aparecían, paraba, estiraba un poco y seguía trotando.
El ritmo empezó a bajar.
Pero seguía.
Todavía pensaba que podía salvar la carrera.
Hasta que llegué al 17.
Los calambres dejaron de ser algo incómodo que podía manejar.
Subieron por ambas piernas. Llegaron hasta los cuádriceps. Y llegó un momento en el que el dolor me hizo llorar. Pero creo que no lloraba solamente por el dolor. Lloraba porque entendí. La carrera que había imaginado durante meses ya no iba a suceder. Y esa parte todavía me cuesta aceptar.
“Lloras en la meta”

Una persona que estaba allí apoyando a los corredores se acercó. Yo no la conozco. Ella tampoco me conoce a mí. Y me prestó su hombro para llorar. Me pusieron hielo en las piernas.
Y mientras yo intentaba aceptar lo que estaba pasando, ella me dijo algo que todavía recuerdo: “No importa que llegues caminando. Pero sigue.”
Me dijo que dejara de llorar. Que llorara cuando llegara a la meta. Que hablara con mis piernas. Que ellas podían. Que para eso había entrenado. Que quizás no llegaría cuando había planeado, pero iba a llegar.
Y seguí. No porque en ese momento hubiera descubierto una fuerza interior extraordinaria. Seguí porque alguien que ni siquiera me conocía me recordó que todavía podía hacerlo.
Después apareció otra persona.
Y otra.
Y otra.
Durante esos últimos kilómetros hubo manos.
Palabras.
Hielo.
Personas que se detuvieron.
Personas que me animaron.
Personas que prácticamente me ayudaron a llegar.
No crucé esa meta sola

Después mucha gente me ha dicho: “Tienes que sentirte orgullosa. Igual terminaste.” Que se necesita mucha fortaleza mental para seguir. Que pude haber abandonado. Que terminar en esas condiciones demuestra de lo que soy capaz.
Y quizá algún día pueda mirar esa carrera desde ahí. Pero hoy todavía no. Porque cuando crucé la meta no sentí esa historia épica de superación que a veces nos gusta construir después de los momentos difíciles.
Sentí agradecimiento. Muchísimo. Por cada persona que apareció durante esos kilómetros. Por quienes me dieron una mano. Por quienes me pusieron hielo. Por quienes me hablaron cuando yo ya no quería escuchar nada. Por quienes fueron a verme. Por quienes me escribieron antes de la carrera deseándome suerte. Por quienes habían seguido todo el proceso y sabían cuánto significaba ese día para mí.
Pero también sentí rabia. Y decepción. Lloré. Mucho.
Y todavía lloro cuando lo recuerdo.
Porque para nosotros también importa
Sé que no soy atleta profesional.
No vivo de correr.
No había un campeonato esperando por mí en la meta.
Probablemente desde afuera pueda parecer exagerado sufrir tanto por no conseguir un tiempo determinado en una carrera.
Pero creo que cualquiera que alguna vez haya entrenado seriamente para algo entiende lo que hay detrás.
Las madrugadas.
Los entrenamientos que haces aunque no tengas ganas.
Los planes que reorganizas.
Los que cancelas.
El cansancio.
Los fondos.
Los días buenos.
Los días horribles.
Y esa sensación maravillosa de darte cuenta de que algo que hace seis meses te parecía imposible ahora forma parte de tu rutina.
Cada persona encuentra algo diferente en el deporte.
Yo encontré espacio.
Disciplina.
Un lugar donde retarme.
Una forma de dejar de procrastinar.
Y, quizás lo más importante, encontré algo cuyo progreso sentía que dependía de mí.
Por eso perder esa meta dolió.
Porque había hecho el trabajo.
Y a veces hacemos todo el trabajo...
y aun así las cosas no salen.
Todavía no sé qué me enseñó
Podría terminar esta historia diciendo que aprendí que soy más fuerte de lo que pensaba.
Que terminar fue más importante que el tiempo.
Que los verdaderos triunfos no aparecen en el reloj.
Suena bonito.
Quizás algún día incluso lo crea.
Pero hoy sería mentira.
Todavía estoy decepcionada.
Todavía tengo rabia.
Todavía pienso en la carrera que iba haciendo hasta el kilómetro 12 y en todo lo que creía que iba a pasar después.
Todavía me duele haber trabajado durante meses por algo que ese día no pude conseguir.
Y creo que también tengo derecho a sentir eso.
No necesito convertir inmediatamente una experiencia difícil en una lección.
Quizás algunas cosas necesitan tiempo antes de poder entender qué dejaron.

Lo único que sí sé es que voy a volver. No porque necesite borrar esta carrera. Ni porque la siguiente tenga que compensarla.
Voy a volver porque, incluso después de todo esto, sigo queriendo correr.
Sigo esperando mis fondos.
Sigo queriendo descubrir hasta dónde puedo llegar.
Y dentro de unos meses estaré otra vez detrás de una línea de salida.
Quizás entonces entienda qué vino a enseñarme esta carrera.
O quizás no.
Por ahora solo sé una cosa:
esta es la media maratón que no salió como quería.
Y probablemente sea la que nunca olvide...
.png)



Comentarios