Algunas historias nunca terminan cuando aparecen los créditos
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Un viaje a Londres, una carta inesperada y un recuerdo que compartiré siempre con mi hija.
Hay dos tipos de fanáticos de Harry Potter.
Los que crecieron leyendo los libros.
Y los que crecimos esperando el estreno de cada película.
Yo pertenezco al segundo grupo.
Nunca leí los libros.
Pero todavía recuerdo perfectamente cuando se estrenó la primera película, en 2001.
Tenía dieciséis años.
Esa edad extraña en la que uno quiere sentirse adulto, pero por dentro todavía sigue siendo un niño… aunque no quiera admitirlo.
Creo que por eso Harry Potter llegó en el momento perfecto.
Porque hablaba de crecer, de encontrar tu lugar en el mundo, de la amistad, de las pérdidas, del valor… y todo envuelto en un universo donde la magia parecía posible.
Con cada nueva película yo también iba creciendo.
Terminaba una y ya esperaba con ilusión la siguiente.
Los personajes crecían.
Y yo, de alguna manera, también.
Nunca sentí que hubiera dejado atrás esa historia.
Simplemente fue creciendo conmigo.
Con los años entendí que algunas películas hacen algo muy curioso.
Dejan de ser solo películas.
Se convierten en recuerdos de una etapa de tu vida.
Y, sin darte cuenta, empiezas a compartirlas con las personas que más quieres.
La magia también se hereda
No recuerdo haber decidido que Sophie fuera fan de Harry Potter.
Simplemente ocurrió.
Cuando tuvo la edad suficiente para entender la historia, empezamos a ver las películas juntas.
Una tras otra.
Y, casi sin darme cuenta, terminó enamorándose de la saga igual que yo.
Creo que los padres hacemos eso constantemente.
Compartimos canciones.
Películas.
Tradiciones.
Y, sin proponérnoslo, dejamos pequeños pedazos de nosotros en nuestros hijos.
La primera vez fue para mí
La primera vez que visité Londres fue en 2016.
Sophia tenía apenas tres años.
Por supuesto que fuimos al Warner Bros. Studio Tour.
Pero, siendo completamente honesta...
Ese viaje era para mí.
Ella todavía era muy pequeña para comprender todo lo que estaba viendo.
Recuerdo caminar emocionada por los escenarios mientras ella simplemente disfrutaba el paseo.
No había forma de que entendiera por qué yo estaba tan feliz.
Y estaba bien.
Sabía que algún día volveríamos.
Esta vez era diferente
El año pasado regresamos a Londres.
Y desde que empezamos a organizar el itinerario hubo algo que nunca estuvo en discusión.
Volveríamos al Studio Tour.
Pero esta vez ya no era un regalo para mí.
Era para Sophie.
Tenía doce años.
Una edad preciosa.
Todavía conserva esa capacidad de emocionarse como una niña, pero ya entiende cada personaje, cada escena y cada detalle de ese universo.
Y la experiencia empezó mucho antes de aterrizar en Londres...
En Navidad de 2024 tampoco hicimos grandes planes.
Sophia había visto en TikTok que, si empezabas Harry Potter y la piedra filosofal exactamente a las 10:32:59 de la noche del 24 de diciembre, cuando el reloj marcara la medianoche Ron le desearía a Harry un "Happy Christmas" justo en ese instante.
Así que eso hicimos.
Puede parecer una tontería.
Pero, cuando tus hijos empiezan a crecer, descubres que esos pequeños juegos tienen un valor distinto. Sabes que, poco a poco, la infancia empieza a despedirse y que algún día ya no querrán quedarse despiertos hasta medianoche solo para sincronizar una película.
Esa Navidad no hubo un gran celebración especial.
Hubo algo mucho más sencillo: un sofá, una película que las dos conocíamos de memoria y la ilusión de seguir creyendo, aunque fuera por unas horas, que la magia todavía existía.
Semanas antes del viaje hicimos una nueva maratón de Harry Potter. Sophie sabía que viajaríamos a Londres y que visitaríamos el Studio Tour; yo nunca he sido buena guardando secretos, y mucho menos cuando algo me hace tanta ilusión. Ver las películas otra vez fue nuestra forma de empezar el viaje antes de subirnos al avión. Queríamos volver a ese mundo para que, cuando por fin cruzáramos sus puertas, sintiéramos que regresábamos a un lugar que ya conocíamos.
La carta
Había pedido una carta de aceptación a Hogwarts para regalársela a Sophie en Navidad
Sin embargo no llegó a tiempo, así que decidimos guardarla para el viaje.
Y esperamos el momento perfecto.
Ese momento llegó en el vuelo entre Roma y Londres.

Durante el vuelo, mientras Sophie dormía, hablé con la tripulación y les conté la sorpresa que quería darle.
Aceptaron ayudarme sin dudarlo. Lo que no esperaba era que se tomaran la misión tan en serio.
Cuando aterrizamos llamaron a Sophie.
Le dijeron que el capitán quería verla en la cabina.
No entendía absolutamente nada.
Me miraba con una cara que parecía decir:
"¿Qué hice ahora?"
Y entonces ocurrió.
Le entregaron una carta.
Le dijeron que Hedwig la había dejado para ella.
Obviamente Sophie sabía que aquello no era real.
Con doce años uno ya entiende esas cosas.
Pero hubo algo completamente real.
Su cara.
La sorpresa.
La emoción.
Esa inocencia tan bonita que todavía conservaba.
Lo contenta que se puso en aquel momento.
Durante unos minutos dejó de importar si Hogwarts existía o no.
Porque la magia estaba ocurriendo ahí mismo.
Y yo tuve el privilegio de verla.
Entrar en un mundo que ya conocíamos
Llegar al Studio Tour fue una sensación difícil de explicar.
Es como entrar en un lugar donde ya habíamos estado cientos de veces.
Solo que ahora podíamos tocarlo.
Caminar por el Gran Comedor.
Ver de cerca los vestuarios.
Entender cómo habían construido cada efecto especial.
Descubrir cómo un libro terminó convirtiéndose en uno de los universos cinematográficos más queridos del mundo.
Nos tomamos cientos de fotos.
Nos detuvimos en escenarios que habíamos visto una y otra vez en las películas.
Y cada pocos minutos nos mirábamos como diciendo:
"¿Te puedes creer que estamos aquí?"
Descubrir todo el trabajo que existía detrás de cada escena.
Las maquetas.
Los efectos.
Los detalles diminutos que casi nunca se perciben mientras ves una película.
Sales admirando el talento de todas las personas que hicieron posible aquel mundo.
Lo que realmente me llevé de ese día
Cuando pienso en el Studio Tour, curiosamente no es el Gran Comedor lo primero que recuerdo.
Ni el Expreso de Hogwarts.
Ni el Callejón Diagon.
Lo primero que recuerdo es un avión.
Una tripulación que decidió convertirse en cómplice de una mamá.
Y una niña de doce años sosteniendo una carta como si, por un instante, todavía fuera posible recibir una invitación para estudiar magia.
Ese día entendí que la magia nunca estuvo realmente en Hogwarts.
Estuvo en descubrir que aquello que me hizo soñar cuando tenía dieciséis años todavía podía emocionar a mi hija veinte años después.
Porque algunas historias nunca terminan cuando aparecen los créditos.
Solo esperan el momento perfecto para volver a empezar.
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