Roma no se recorre. Roma se camina.
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La segunda vez que fui a Roma entendí que la primera nunca había estado allí.

Hay ciudades que visitas.
Y hay ciudades que, de alguna manera, terminan viviendo contigo.
Para mí, Roma siempre ha pertenecido a esa segunda categoría.
Lo curioso es que la primera vez que estuve allí pensé que ya la conocía.
Había visto el Coliseo.
La Fontana di Trevi.
El Vaticano.
Había tomado las fotografías que uno toma cuando visita Roma por primera vez.
Y, aun así, cuando el autobús salió de la ciudad, sentí una extraña sensación de deuda.
Como si hubiera conocido sus monumentos, pero no la ciudad.
Gran parte de ese viaje transcurrió mirando el reloj, esperando al grupo y subiéndome nuevamente al autobús para continuar hacia el siguiente destino.
Nos fuimos de Roma pensando que la habíamos visto.
Con los años entendí que, en realidad, nunca la habíamos vivido.
Durante mucho tiempo repetí la misma frase:
“Algún día tengo que volver.”
No para conocer lugares nuevos.
Sino para recorrer los mismos, pero de otra manera.
Sin prisas.
Sin horarios impuestos.
Con tiempo para caminar.
Con tiempo para perderme.
Y, sobre todo, con tiempo para sentir la ciudad.
Un año después de ese segundo viaje, sigo pensando que fue una de las mejores decisiones que tomamos.
El viaje empezó mucho antes de aterrizar
Cuando planificaba este viaje imaginaba muchas cosas.
Imaginaba el primer café.
Las calles de piedra.
Las fachadas color ocre.
Las iglesias escondidas.
La luz del invierno sobre el Coliseo.
Durante meses, Roma solo existía en mapas, fotografías y un Excel lleno de reservas, horarios y presupuestos.
Y entonces llegó ese momento que siempre me emociona.
El avión aterriza.
Sales del aeropuerto.
Respiras por primera vez el aire de una ciudad que llevas meses imaginando.
Y todo aquello que solo existía en tu cabeza empieza, por fin, a ser real.

Nuestra primera tradición
Hay algo que hacemos cada vez que llegamos a una ciudad nueva.
No importa si es Europa, Estados Unidos o cualquier otro lugar.
Dejamos las maletas en el hotel.
Y salimos a buscar dónde cenar.
Sin revisar rankings.
Sin buscar “el mejor restaurante de Roma”.
Simplemente caminamos.
Esa noche encontramos varios restaurantes pequeños muy cerca del hotel, en el barrio de Monti.
Nada de grandes cadenas.
Nada pensado únicamente para turistas.
Solo mesas ocupadas por familias italianas, conversaciones que no entendíamos del todo, copas de vino y ese murmullo que tienen las ciudades cuando la noche apenas comienza.
Creo que fue en ese momento cuando sentí que, ahora sí, habíamos llegado.
Roma se descubre entre un monumento y otro
Al día siguiente caminamos muchísimo.
Sí, visitamos la Fontana di Trevi.
Entramos al Panteón.
Almorzamos en Piazza Navona.
Subimos hasta la Plaza de España.
Pero, curiosamente, cuando hoy recuerdo ese día, casi nunca pienso primero en esos lugares.
Pienso en las calles que había entre ellos.
En los callejones.
En las ventanas abiertas.
En las plantas colgando de los balcones.
En las pequeñas plazas donde la gente simplemente estaba viviendo su día.
Entrábamos a iglesias porque la puerta estaba abierta.
Girábamos por calles que no aparecían en ningún itinerario.
Nos sentábamos unos minutos sin sentir que estábamos “perdiendo tiempo”.
Y fue entonces cuando entendí algo.
Roma no son únicamente sus monumentos.
Roma es todo lo que ocurre entre uno y otro.
Una iglesia que no estaba en los planes
Cerca de Piazza della Repubblica vimos una iglesia enorme y decidimos entrar.
No estaba marcada en nuestro itinerario.
Ni siquiera sabía su nombre.
Era la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri.
Entramos por curiosidad.
Y terminó siendo uno de esos lugares que, un año después, sigo recordando con más cariño que algunos sitios mucho más famosos.

Eso es lo bonito de viajar sin correr.
Cuando no estás pendiente del reloj, los lugares tienen espacio para sorprenderte.
La lluvia también termina formando parte del viaje
El segundo día estaba reservado para el Vaticano.
Museos del Vaticano.
Capilla Sixtina.
Basílica de San Pedro.
Todo iba exactamente según el plan.
Hasta que empezó a llover.
No una llovizna.
Uno de esos aguaceros que te obliga a buscar refugio.
Vimos el Castillo Sant’Angelo y pensamos:
“Entremos mientras deja de llover.”
Gran idea.
O eso creíamos.
Porque descubrimos rápidamente que buena parte del recorrido también era al aire libre.
Terminamos riéndonos mientras seguíamos mojándonos.
Y, curiosamente, hoy ese momento ocupa un lugar mucho más importante en mi memoria que muchas fotografías perfectas.
Hay cosas que ningún itinerario puede anticipar.
Y casi siempre son esas las que terminan convirtiéndose en las mejores historias.
El Coliseo merece tiempo
Hay lugares donde una hora basta.
El Coliseo no es uno de ellos.
Le dedicamos prácticamente medio día.
Y volvería a hacerlo exactamente igual.
Hubo un momento en el que dejé de tomar fotografías.

Guardé el teléfono.
Y simplemente observé.
Pensé en todas las veces que había visto ese lugar en libros, documentales y películas.
Y ahí estaba.
Delante de mí.
Creo que todos tenemos lugares que soñamos durante años antes de conocerlos.
Cuando finalmente estás allí, entiendes que ninguna fotografía consigue explicar lo que se siente.
Trastevere fue la despedida perfecta
La última tarde cruzamos el río Tíber y caminamos por Trastevere.
No teníamos una lista de lugares que visitar.
Solo caminábamos.
Entrábamos en pequeñas tiendas.
Nos sentábamos un rato.
Escuchábamos música en alguna plaza.
Creo que esa fue la esencia de todo el viaje.
No sentir la necesidad de hacer algo constantemente.
Simplemente estar.

Esa noche, antes de regresar al hotel, hicimos una última parada.
La Fontana di Trevi.
No necesitaba verla otra vez.
Ya la había visto varias veces durante esos días.
Pero quería despedirme.
No porque crea especialmente en la tradición de lanzar una moneda para regresar.
Sino porque me gusta despedirme de los lugares que sé que todavía tienen algo pendiente por contarme.
Lo que Roma me enseñó
Durante mucho tiempo pensé que viajar consistía en conocer la mayor cantidad de lugares posible.
Hoy pienso exactamente lo contrario.
Prefiero conocer menos.
Pero vivirlos mejor.
Porque cuando recuerdo Roma no pienso primero en el Coliseo.
Pienso en aquella primera cena improvisada.

En un Aperol frente al Coliseo iluminado mientras la ciudad seguía su ritmo alrededor nuestro.
En correr bajo la lluvia hacia un castillo que tampoco logró protegernos del agua.
En las iglesias donde entramos por casualidad.
En los callejones que nunca aparecieron en ninguna guía.
En la tranquilidad de volver caminando al hotel al final del día.
Y entendí algo muy sencillo.
Las mejores ciudades no se terminan de conocer.
Solo te dejan con ganas de regresar.
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